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No son pocos - entre ellos los
socialdemócratas españoles y otros "izquierdistas" encandilados
todavía por las sociedades del Norte europeo - los que señalan a Alemania como
un ejemplo económico a seguir. Y es que existen algunos indicadores engañosos que podrían justificar tal espejismo. Uno de ellos es la bajísima tasa de paro que
en la actualidad tiene ese país del Norte europeo. En el año 2011, el número de
alemanes con trabajo alcanzó la cifra de 41 millones, la más
elevada desde que ese país se reunificó. Mientras que en España el paro alcanza
un 23%, y en Grecia un 18%, en Alemania, en cambio, apenas alcanza a un ínfimo
6.7%. ¿No es eso envidiable? ¿No deberíamos imitar el ejemplo germano en un
país que pronto alcanzará los 6 millones de asalariados en paro?
No es oro, sin embargo, todo lo que reluce. Veamos en qué consiste realmente el "milagro laboral alemán".
En el año 2003, siendo canciller de Alemania el
socialdemócrata Gerhard Schroeder, su gobierno emprendió una serie de reformas
laborales que fueron calificadas entonces como el mayor cambio en el denominado
sistema del "bienestar social" desde la segunda guerra mundial. Dos
años después, en el 2005, el desempleo en Alemania comenzó a caer de forma
vertiginosa, aproximándose a niveles previos a la reunificación. Pero
simultáneamente a la reducción del paro, las cifras de empleos temporales y de
pésima remuneración comenzaron a crecer con la misma pasmosa velocidad. Habían
aparecido lo que hoy se conoce con el término anglosajón de minijobs, una
opción laboral a tiempo parcial que sedujo a muchos parados pero que, sobre todo,
le sirvió de palanca a la patronal germana para abaratar hasta límites indecibles el costo de
la mano de obra.
Esta operación tuvo como inmediato efecto la reducción brutal de los ingresos de los sectores sociales más modestos -especialmente de aquellos relacionados con el sector Servicios - donde aparecieron, como si de setas se tratara, múltiples empleos de bajísima remuneración. La política de deflación salarial produjo, como es natural, una sensible reducción en el consumo dentro de la propia Alemania. Pero por lo que las grandes multinacionales germanas estaban realmente interesadas era por el fortalecimiento de la capacidad competitiva de sus mercancías exportables . Y para ello había que proceder a un contundente recorte salarial. La burguesía alemana consiguió su objetivo a través del shock traumático que supuso para millones de ciudadanos ver repentina y drásticamente reducidos sus ingresos.
El panorama laboral de la Alemania de hoy no puede ser más desolador. Uno de cada cinco empleados ocupa un puesto en la modalidad de los minijobs. Se acercan a los 7 millones de trabajadores los que están adscritos a este tipo de trabajos superprecarios, muchos de ellos con una media salarial de 400 euros mensuales. Para la inmensa mayoría de quienes trabajan dentro de la modalidad "minijob" esa es su única fuente de ingresos. Según refería a la agencia Reuters el jefe de una agencia de empleo en la ciudad de Stralsund, algunos trabajadores apenas llegan a cobrar 55 céntimos a la hora. Y es que en la Alemania que algunos desean como modelo, legalmente no existe un salario mínimo que regule la relacion laboral entre el patrono y trabajador. "Mi empresa me explotaba, - asegura a la misma agencia una trabajadora de 50 años, que lleva seis fregando platos - Si pudiera encontrar otro trabajo, me marcharía muy lejos de aquí". La política salarial tanto del gobierno socialdemócrata de Schroeder, como el democristiano de Angela Merkel, ha conducido a aumentar la brecha de las desigualdades sociales hasta límites hasta ahora desconocidos en ese pais en el curso de las últimas décadas.
Lo terrible de la experiencia alemana es que las diferentes burguesías
europeas y sus gobiernos han estimado que el arquetipo germano debe ser el modelo a aplicar en el resto del continente,
particularmente en los países del Sur. Las burguesías nacionales desean paliar los efectos de la falta de competitividad
de los productos "made in Europa", con el retorno a los salarios de miseria anteriores a la Segunda
Guerra Mundial.
A nadie debe extrañarle pues, que los objetivos de la reforma laboral que el presidente Rajoy anunció el pasado viernes, después del Consejo de Ministros, estén orientados fundamentalmente al abaratamiento del despido. Las patronales son plenamente conscientes de que el mercado de trabajo en una sociedad capitalista funciona con idénticos mecanismos que los mercados de mercancías. En la medida que se produzca una sobreoferta de mano de obra, el precio de ésta se caerá sensiblemente. Y de eso es de lo que se trata. Dependerá de la capacidad de movilización de las clases trabajadoras para que tal objetivo pueda o no ser logrado plenamente.
Hoy nadie duda que esta última tentativa de dar marcha atrás a la historia y a las conquistas sociales de los pueblos puede abrir una nueva etapa de convulsiones revolucionarias en el continente que algunos habían dado por perdidas en el olvido. El contradictorio desarrollo del sistema económico capitalista se ha encargado de recordarnos que mientras continúe existiendo la contradicción fundamental entre trabajo y Capital, esas perspectivas continuarán siempre abiertas.