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Jueves, 17 de mayo de 2012
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Jueves, 9 de febrero de 2012

Reformas no, revoluciones

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Por Nicolás Guerra Aguiar - Canarias Semanal

 [Img #4589]   Cuando acceden al poder, tanto el PP como el PSOE mantienen la obsesiva obsesión de cargarse leyes aprobadas por el otro.  Y no es que todas sean negativas, en absoluto: es que toca marcar terreno para demostrar quién manda.  Así, en la enseñanza: ahora quiere el señor ministro reformar lo que ya venía reformado a causa de una contrarreforma que reformó la reforma anterior, por más que en ese concreto campo no se necesitan remiendos, sino revoluciones.  Y aunque reformar significa 'cambiar algo para innovarlo y mejorarlo', la verdad es otra si aplicamos la voz a nuestra enseñanza no universitaria -esta, capítulo aparte-, pues todo queda en pretensiones puramente externas, fachada y apariencia que encubren la más cruda de las realidades: el sistema educativo español malfunciona, va tirando como puede, pero es la cola.

    La desaparición del BUP-COU (con todos sus defectos, sin duda, pero uno de los sistemas más completos en las formaciones racional, científica y humanística del alumnado) y la intromisión de teóricos ajenos al aula fueron el punto de partida para la continuada degradación de una enseñanza que ha perdido nivel, calidad, rigor y seriedad.  El BUP tuvo sombras, cierto: así pasó con las lenguas extranjeras.  Pero la experiencia adquirida pudo haber conformado un Bachillerato mucho más racional que el disparate actual.  Aquel fue un ciclo duro, exigente, y en él no se regalaban los aprobados a quienes "pasan" de algunas asignaturas, como sucede hoy, degradación absoluta.

    Cuando se implantó "la Reforma" -hubo buenas intenciones, sin duda, pero también gravísimos errores de partida-, la calidad de la enseñanza comenzó un acelerado retroceso.  Así, por ejemplo, muchos creyeron que los exámenes debían desaparecer por sus influencias traumáticas para la exquisita sensibilidad de unos jóvenes buenos, angelicales, responsables.  Y fueron sustituidos por "trabajos" que muchos profesores ni leían: se trataba de infinitos "tochos" de folios llenos de dibujitos y textos "fusilados" que, incluso, los muy astutos presentaban hasta con fallos ortográficos y sintácticos para disimular que eran rigurosos facsímiles.  Todos aprobaban.

    Se llegó por parte de algunos a considerar que la memoria no era necesaria, pues también podría ser un elemento conformador de traumas, desarretos psicológicos, desajustes emocionales.  Si todo está en las fotocopias -millones de fotocopias- que el profesor les entrega, ¿para qué aquella agotadora tarea de retener y recordar?  (Nunca llegaron a explicarme con argumentos que no era precisa para conocer las valencias de los elementos químicos, por ejemplo, o en las multiplicaciones -"¿para qué quieren la calculadora?".  "¿Y si las pilas se agotan?".  "¡Qué impertinente, Nicolás!"-.)  ¿Por qué se vino abajo?  Sencillamente porque los padres de la Reforma no contaron con quienes más saben del aula: todos los profesores en activo.

    Y luego introdujeron el Bachillerato actual con sus modalidades, y la PAU, inútil prueba en cuanto que en ella nada se demuestra, toda vez que en muchas asignaturas se imparten las clases como si fueran academias preparatorias para superar un calvario que solo consigue alterar la estabilidad de los buenos alumnos, aquellos que en tres días se juegan su futuro por una décima, a pesar de un brillante expediente.  Porque 2º de Bachillerato no es un curso formativo, de pensamiento y preuniversitario, en absoluto: sus programas son elementales, básicos, las más de las veces equivalentes al tercero de BUP.

    Por tanto, la enseñanza actual no necesita reformas y retoques, simples mudas, por más que se justifiquen como eliminación de "adoctrinamientos ideológicos", sorprendente visión de un mundo muy limitado que pretenderá aislar a los alumnos de su propia realidad -lo sexual y su control, injusticias sociales que maman en casa con sus padres sin puestos de trabajo, imposiciones materiales, corrupciones, prevaricaciones, impactantes enriquecimientos, dispendios, torpezas, abusos de poder-.  Quieren que conozcan la Constitución: ¿borrarán de ella -están escritos- los apartados referentes a dignidades de las personas, derechos humanos, decente calidad de vida, sociedad democrática avanzada, justicia, libre desarrollo de la personalidad, igualdad ante la ley, reinserciones sociales de presos comunes, derecho al trabajo, a una remuneración suficiente para satisfacer sus necesidades y las de su familia?

    No hacen falta parches en Bachillerato.  Lo urgente y vital ahora mismo para nuestra enseñanza es la serena revolución desde abajo, ciclos de Primaria y Secundaria Obligatoria.  Si sus alumnos salen muy bien formados, el Bachillerato no será más que la ampliación y el fortalecimiento de la solidez académica adquirida desde los siete hasta los catorce años.  Pero las políticas llevadas a cabo hasta el momento están más interesadas en desprestigiar al profesor que en favorecer su trabajo docente.  Que un alumno entre a la evaluación final con seis suspensos y salga con todo aprobado destruye ánimos, seriedad y rigor a un trabajo, el del docente, a veces el único interesado en la formación de sus discípulos.

    Un curso más en el Bachiller no sirve para nada si los alumnos llegan con lagunas, deficiencias expresivas, pobrezas mentales e intelectuales.  O revolucionan desde los ciclos de abajo o todo seguirá igual, es decir, a peor, salvo que haya un pacto de todos, absolutamente de todos: partidos, profesores, padres, alumnos (abstengan, plis, a los especialistas de despacho).  Si no, leche cacharro, que se dice por aquí.

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