Je suis la plaie et le couteau
!
Je suis le soufflet et la joue
!
Je suis les membres et la
roue,
Et la victime et le
bourreau !
(¡Soy la herida y el
cuchillo!
¡Soy la bofetada y la
mejilla!
Soy los miembros y la rueda del
tormento
y la víctima y el
verdugo.)
Charles Baudelaire
L'héautontimorouménos (el verdugo de sí
mismo)
Puede decirse, con la distancia de más de
treinta años que hoy nos separa de ella, que la Transición española fue una
trampa para las mayorías sociales y para las fuerzas que quisieron sustituir el
régimen franquista por una democracia efectiva. Una trampa es, en efecto, un
dispositivo en el que es muy fácil entrar y del que resulta difícil o incluso
imposible salir. La liga en que se posan los pájaros atraidos por la comida, o
la ratonera que
se cierra sobre el ratón que acude al olor del queso son
ejemplos comunes de trampas, pero tal vez la mejor trampa es la más sutil, la
más ligera y casi inmaterial: la red. Cuando los peces entran en la red, esta
los acoge sin violencia: sólo cuando intentan liberarse de ella quedan apresados
en las mallas de manera que ya no pueden moverse. Así nos cogió la transición.
Lo más fácil para unos movimientos sociales débiles y desorientados y unas
direcciones políticas de la izquierda más ambiciosas en lo personal que decentes
en lo político era aceptar la oferta del régimen: legitimación de las
estructuras y cargos fundamentales del Estado del 18 de julio y de su
continuidad legal a cambio de una transformación interna de éste que diese un
lugar a las direcciones de los partidos y sindicatos de la oposición dentro de
un marco de poder ampliado. Inicialmente el coste de eta opción no parecía
excesivo. A pesar de los centenares de muertos y los miles de heridos en
manifestaciones en el quinquenio posterior a la muerte de Franco y de las
acciones armadas de ETA, la transición hacia un régimen de libertades
controladas fue relativamente "pacífica" si se compara con la caida del Shah en
Irán o la de Somoza en Nicaragua. Bastante menos si se toma como punto de
comparación la revolución portuguesa que sí representó una auténtica ruptura con
el régimen anterior y que se realizó sin muertes (salvo la de un agente de la
PIDE que se suicidó). Todo es relativo.
UNA PARTITOCRACIA MONÁRQUICA
El régimen se convirtió así, por un lado
en una partitocracia en la que la vida parlamentaria está secuestrada por las
direcciones de los partidos políticos que hicieron la transición y en una
"democracia antiterrorista" que mantiene, renovándolo, el conjunto de los
cuerpos represivos y de las leyes y tribunales de excepción de la fase anterior.
La excusa ideal para mantener este aparato fue la -a menudo brutal y
políticamente absurda- lucha armada de ETA, pero la legislación de excepción y
sus instancias judiciales podían utilizarse también en cualquier momento contra
cualquier ciudadano. Las clases dominantes españolas que en algún momento
llegaron a concebir temor por la "incertidumbre" de la transición podían dormir
tranquilas: allí estaba el rey que puso Franco, alli estaba su fiel Fraga
Iribarne, allí estaban la policía y el ejército de la dictadura intactos, allí
estaba también la pieza más sensible del aparato judicial, el Tribunal de Orden
Público sucesor del Tribunal de Represión de la Masonería y el Comunismo y
denominado ahora Audiencia Nacional. El poder social pertenecía a los de siempre
con el añadido de algunos advenedizos que hicieron fortuna con la transición. A
los de siempre vinieron a juntarse los "para siempre", uniendo íntimamente sus
intereses a los del régimen.
En cuanto a la monstruosa represión
franquista, rayana en el genocidio en sus primeros años y mantenida como signo
de identidad a través de un largo rosario de asesinatos legales (Grimau, Puig
Antich, los cinco de 1975 etc.) y de actos sistemáticos de tortura tuvo que
desaparecer de la memoria oficial. Toda responsabilidad quedó borrada por la ley
de amnistía. A cambio, otros personajes como Santiago Carrillo no tendrían que
dar cuenta ante la justicia de sus responsabilidades en crímenes de guerra y, en
concreto, en el asesinato masivo de presos del bando franquista en Paracuellos
del Jarama que Paul Preston ha documentado en un libro reciente. El holocausto
español del que habla Preston quedó así saldado y se fortaleció el mito de que
los centenares de miles de muertos eran el resultado del encono y el odio
propios de una guerra civil en la que "ambos bandos fueron igualmente
responsables". Esta versión ha quedado enteramente demolida por los más
recientes trabajos de historiadores del período que han demostrado con abundante
documentación que, si bien la violencia del lado republicano obedecía a los
"excesos" propios de una guerra civil, las matanzas franquistas formaban parte
de un plan de exterminio premeditado. El exterminio franquista de los "rojos"
era, en efecto, como demuestra Gustau Nerín en La guerra que vino de
África una matanza colonial operada por el ejército africanista y sus
oficiales sobre unos españoles republicanos que los oficiales de Franco llegaron
a denominar "los moros del norte". El abandono de la memoria histórica a los
vencedores del 39 fue también una de las gravísimas concesiones efectuadas por
la izquierda mayoritaria en la transición.
La trampa de la Transición surtió sus
primeros efectos en los pactos de la Moncloa en los que las direcciones
sindicales y políticas de la izquierda decidieron "luchar contra la inflación"
conteniendo el aumento de los salarios que trajo consigo la libertad sindical.
La misma trampa volvió a capturar los cuerpos y las mentes de la población,
cuando, el 23 de febrero de 1981, apoyaron a un rey que, como mínimo vio con
simpatía el intento de golpe de Estado, como salvador de la "democracia".Tras un
golpe no tan fallido y que había sido precedido por la defenestración de un
Adolfo Suárez que se había tomado demasiado en serio la democratización del
país, el PSOE aplicó en buena parte el programa de los golpistas frenando el
desarrollo autonómico, organizando una respuesta legal e ilegal contundente
frente a las acciones de ETA y poniendo en marcha la contrarrevolución
neoliberal. La política, que parecía haber ganado un cierto espacio en los
primeros años de la transición se vio engullida por una gestión partitocrática y
esencialmente bipartidista del régimen (transfranquista y capitalista) que
consiguió su objetivo: mantener a raya a la población.
GARZÓN Y LA TRAMPA
El juez Baltasar Garzón que hoy juzga el
Tribunal Supremo por varios presuntos delitos de prevaricación fue uno de los
máximos paladines de la democracia antiterrorista. Sus diversos sumarios
contra ETA, pero también contra el independentismo político vasco cimentaron su
carrera de juez. En estos sumarios, el "juez estrella" se tomó, al amparo de las
leyes de excepción y de cierto consenso público antiterrorista, todas las
libertades posibles en cuanto a conculcación del derecho de defensa y en cuanto
al uso "creativo" de los tipos delictivos. El resultado es la presencia, aún hoy
en las cárceles españolas de varios centenares de presos políticos vascos que
nunca tuvieron que ver con la preparación de ningún atentado y cumplen condena
debido a la aplicación de leyes de excepción que establecen antijurídicamente
una analogía entre los atentados y otras conductas con idénticos fines
políticos. La aplicación de la "analogía" al derecho penal por parte de Garzón y
sus colegas de la Audiencia Nacional viola los principios básicos de todo
ordenamiento jurídico liberal. Rara vez en un régimen que se denomina
"democrático" se ha hecho un uso tan extenso de la amalgama en materia de
derecho penal como el que hizo Baltasar Garzón con su famosa teoría del
"entorno". En cuanto a las alegaciones de tortura de muchos de sus encausados,
jamás se dignó Garzón a investigarlas seriamente.
Este juez desmesuradamente politizado,
pretendió convertirse en defensor de la democracia contra las dictaduras
encausando al viejo dictador chileno Augusto Pinochet por delitos de genocidio.
La cosa tenía algo de humor involuntario, pues el juez que perseguía al dictador
chileno autor de la muerte de 3000 de sus ciudadanos era el representante de la
continuidad legal e institucional de un régimen que había exterminado fríamente
en sus momentos fundacionales a más de 300.000 ciudadanos y había acogido con
todos los honores al mismo Pinochet cuando éste acudió al funeral del general
Franco. La causa contra Pinochet no siguió adelante, en parte por defectos del
sumario, pero también por las presiones políticas internacionales, y el
sanguinario "Tata" pudo morir en su país y en su cama. Tras hacerse famoso
gracias a la causa contra Pinochet, Garzón siguió persiguiendo a integrantes de
la izquierda abertzale y de otros sectores de la izquierda radical , cerrando
periódicos, prohibiendo organizaciones políticas y culturales, etc. en nombre de
la defensa del Estado de derecho. La incoación por parte de Garzón de un sumario
sobre las matanzas y desapariciones del franquismo parecía confirmar su toma de
partido contra todas las dictaduras y en favor de la democracia. Muchas
esperanzas de familiares de desaparecidos y asesinados se depositaron en él.
Tras instruir un primer sumario con excelente documentación aportada por
prestigiosos historiadores, abandonó sin embargo el caso al no considerarlo
competencia de la Audiencia Nacional. Esto no impidió al pseudosindicato "Manos
Limpias" y a Falange española acusar a Garzón de prevaricación por haber
aceptado la causa. Investigar los crímenes del franquismo no tendría sentido
según estos grupos derechistas, pues los crímenes ya habrían prescrito y Garzón
sólo habría aceptado instruir este sumario por razones
políticas.
Hoy, el Tribunal Supremo ha juzgado a
Baltasar Garzón por otra causa: las escuchas de Gürtel. En flagrante violación
del derecho de defensa, Garzón habría ordenado que se escucharan algunas de las
conversaciones de los acusados en el sumario Gürtel con sus abogados. Esto, es
una práctica ordinaria cuando se trata de la izquierda abertzale, pero si se
aplican los mismos métodos a los poderosos, a personas que tienen relaciones
directas con el PP y, de forma más indirecta, con la familia real, los poderosos
encausados encausan al juez. Se ha visto exactamente lo mismo en el caso del
yerno del rey, Iñaki Urdangarín, contra cuyo juez se ha abierto recientemente
una investigación. En el caso de las escuchas de Gürtel, Garzón ya ha sido
condenado a 11 años de inhabilitación. Grande ha sido el revuelo en la izquierda
oficial. Ciertamente, sorprende que el primer condenado del caso Gürtel sea el
propio juez, pero esta condena, perfectamente justificada, debe servir para
compensar un fallo más "clemente" en la causa relativa a los crímenes del
franquismo, en la cual una condena excesivamente supondría un auténtico
escándalo internacional nocivo para la imagen del régimen.
En cualquier caso, es un buen ejemplo de
cómo funciona la trampa de la Transición la imagen de los dirigentes de
izquierda y de una parte de la población de izquierda apoyando a Baltasar Garzón
con consignas y canciones como "Yo estoy con Garzón". Como si la causa de este
burócrata judicial del propio régimen pudiera tener alguna conexión con la
justicia que reclaman los familiares de centenares de miles de víctimas. Las
manifestaciones en torno a este muy mediático juicio son una buena ocasión para
promover la causa de la verdad histórica en un sistema político basado en la
"negación" de un genocidio, pero todo apoyo a Garzón como paladín de la verdad y
la justicia es peligroso. Cada vez que se apoya al juez que elaboró la doctrina
del "entorno" se apoya al conjunto de instituciones y normas que se edificaron
sobre las cunetas rellenas de cadáveres y sobre la cancelación de su memoria.
Apoyar a Garzón es incluir toda política en el régimen, no salir de un sistema
que no puede hacer justicia ni al pasado ni al presente, renunciar a romper con
el régimen de las cunetas. Las dos Españas existen, pero hoy por hoy, la otra,
la democrática que no se atreve a ser republicana, está presa en la trampa de la
transición: cuando más se esfuerza por salir de la red, más se ve atrapada en
ella. Para salir de esta trampa hay que colocarse fuera de ella negando toda
legitimidad al régimen criminal del 18 de julio: hace falta para ello otro 14 de
abril, seguido de un largo y potente 15M.