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Sábado, 24 de diciembre de 2011

Burlesca esperpentización

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Por Nicolás Guerra Aguiar (*) - Canarias Semanal

Cuando busco la palabra precisa para referirme a situaciones disparatadas, ridículas y bufas, me fluye con veloz precipitación -escribe NICOLÁS GUERRA AGUIAR - la que utiliza el extravagante pero agudo observador noventaiochista don Ramón María del Valle-Inclán (...).

[Img #3819]    Cuando busco la palabra precisa para referirme a situaciones disparatadas, ridículas y bufas, me fluye con veloz precipitación la que utiliza el extravagante pero agudo observador noventaiochista don Ramón María del Valle-Inclán en su obra teatral Luces de bohemia. En ella, Max, el protagonista, dice que el esperpentismo ('tendencia a plasmar en la obra artística una visión deformada y grotesca de la realidad') es un invento de Goya (las pinturas negras), y añade que la España en la cual reina Alfonso XIII es un esperpento "de la civilización europea". Y aunque lo dijo en 1920, la voz con su preciso significado permanece, tal es la conclusión que saco cuando leo que la policía local de Barcelona ha multado cien veces a un vagabundo por dormir en la calle.
   
    Bien es verdad que tal palabra con sus variantes (el DRAE no registra la del título) se usa con frecuencia, aunque no siempre con precisión. Así, se oye de cuando en cuando a algún político denominar como esperpénticas a situaciones que no lo son, ya que más bien podrían incluirse en el bloque de realidades naturales. Tal es el caso, por ejemplo, de un ex alcalde canario que el pasado mes de mayo usó la cadena "esto es una situación esperpéntica" cuando, descendido a la realidad de las urnas, comprobó que sus supuestos admiradores no le habían dado mayoría absoluta.
   
    Lo esperpéntico, si pudiera o pudiese aplicarse, es el propio alucine de la autoridad celestial, deformada grotescamente en caricatura de sí mismo, con el trabajo que le había costado aparentar respeto a las voluntades populares cuatro años atrás, y eso que hizo cursillos acelerados de desintoxicaciones ideológicas, digo. Pero la democracia es muy puñetera y muy malagradecida, ya se lo habían explicado desde pequeño. (Por tanto, castigo de Dios. Detrás del pecado viene la penitencia. Amén.)
  
    Sin embargo, hay esperpentizaciones y esperpentos, esperpentizables comportamientos que parecen de otro mundo, ajenos en absoluto a las realidades sociales en las cuales vivimos.  Bien es cierto que la función (una de ellas, una más) de la policía municipal es la de hacer cumplir la Ley, o la normativa local dictada por la alcaldía, por el pleno del Ayuntamiento. Por tanto, si varios conductores, por ejemplo, dejan sus coches aparcados en la acera (la calle podría llamarse Pura Bascarán, entre Tomás Morales y Ángel Guimerá) con total desprecio a los derechos ajenos, el agente debe multarlos en cuanto que están perjudicando a los demás, aunque con frecuencia se hace el longui, no sé si porque considera que aquellos no atentan contra los peatones o porque estamos en la selva, y por tanto impera la ley del más fuerte.
  
     Y si un agente -como es el caso de Barcelona- dedica su tiempo al rigurosísimo cumplimiento de otras disposiciones muy discutibles como las de multar a vagabundos, flaco favor le hace a la sociedad a cuyo servicio debe estar. Bien es cierto que cumple con su obligación, pero también es innegable que en determinados momentos deben imponerse la lógica, la flexibilidad, la razón de las células grises. Y, además, pierde el tiempo, pues con cien denuncias que lleva acumuladas uno de los denunciados no se logrará nada, pues el pobre infeliz en algún sitio tiene que dormir.
   
    Pero hete aquí que aunque carece de domicilio fijo (caprichos del excéntrico y pícaro multimillonario), el rigor profesional de la policía municipal barcelonesa llevó, tras pesquisas rigurosas y científicas, a descubrir que aquel hombre de errante caminar siempre paraba a la misma hora en el mismo sitio todos los días: el comedor social. Porque, en su igualitaria condición humana, ha de engañar al estómago con algo sólido para no desfallecer y, con probabilidad, caer definitivamente de la vida, lo cual podría ser también denunciable, pues ocuparía espacios en el depósito de cadáveres y en el cementerio. Por tanto, aquel forzado trotamundos que no tiene donde caerse muerto, que carece de techo -ya decorado con artesonado mudéjar o con exquisiteces barrocas, aunque bien es cierto que su propia condición de durmiente callejero le inhibe de costosas reparaciones en la madera-, aquel mísero menesteroso, digo, acumula decenas de multas en los salones versallescos donde almuerza y quizás cena.
   
    Sí, hay esperpento, esperpentización, comportamiento esperpéntico por parte de la policía municipal de Barcelona que cumple -no lo olvidemos- las reglas de convivencia dictadas por quienes reciben suculentas nominillas mensuales que les sirven para pagar hipotecas, préstamos bancarios con los cuales adquirieron viviendas, si no palacetes, que también los compran.  
   
    ¿Deformación grotesca de la realidad? Sin duda. Tanto el Ayuntamiento barcelonés como algunos agentes policiales que cumplen las órdenes crean situaciones esperpénticas -con todos mis respetos- en cuanto que significan actuaciones disparatadas, ridículas y bufas contra sectores sociales que por no tener, ni tan siquiera son conscientes de su propia condición humana, de aquella que les reconoce el Preámbulo de la Constitución (urgentemente renovable) cuando habla de derechos humanos.
  
    Y no es que organismos privados como la Iglesia tengan la obligación de habilitar algún viejo palacio arzobispal para alojarlos, líbrela Dios de compromisos sociales. Pero sí es deber de las instituciones públicas la dignificación de aquellos seres humanos.


  (*) Nicolás Guerra Aguiar es articulista y catedrático de Lengua y Literatura.

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